Nunca fui partidaria de usar maquillaje y ponerme vestidos, únicamente lo hacía en casos
muy especiales como en fiestas formales, ceremonias o quizá para llegar a impresionar a
algún crush. Sin embargo personalmente prefiero estar al natural, vestir ropa cómoda,
pantalones, shorts, faldas de mezclilla o con un estilo gótico, si acaso usar labial y delineador
de ojos muy de vez en cuando.
Recuerdo que un par de veces accedí a que usaran mi rostro para practicar maquillaje,
insistieron que me vería hermosa y bueno la verdad es que no me veía nada mal, claro que
para mi la mujer que me observaba fijamente a través del espejo era una completa
desconocida, aquella era falsa, creada con plastas y plastas de maquillaje no era la verdadera
Irene, aunque la elogiaban y me dijeran que había quedado hermosa, esa no era yo. En
aquellas ocasiones solía pensar en todas aquellas mujeres que hacían del arte del engaño un
ritual diario, usando su rostro como un lienzo, esmerándose en cada detalle para crear una
obra de arte. Cuántos hombres admiran esas superficialidades sin sospechar que aquellas
diosas sublimes suelen ocultar el arte grotesco de su lienzo en blanco.

Bueno eso es lo que pensaba en aquel entonces, claro que debo admitir que admiro esa
devoción por esmerarse en su imagen, para mi fue una pesadilla remover todos esos
menjurjes de mi rostro, usé toallita tras toallita desmaquillante, sentí caliente mi rostro por la
fricción y un leve enrojecimiento por la desesperación de quitar todo, trozos de papel por
todos lados, pero la maldita pintura se aferraba a mi rostro. Pero bueno, aquí estoy de nuevo,
dejando que vuelvan a usar mi rostro ya que hoy es un día de esos en los que debo usar
vestido, la verdad es que no me agrada mucho, pero mi madre piensa que me veo muy bonita
con él y después del accidente que tuve. No me queda de otra más que darle gusto, insistió

también en que debían maquillarme para cubrir las marcas de mi rostro, yo las veo como
cicatrices de guerra, pero como dije, ahora no tengo opción más que quedarme muy quieta
para que el maquillista haga su magia, debo admitir que es un hombre muy guapo así que no
me quejo.

Me molesta mucho esta situación, mi familia nunca respetó mi forma de ser, incluso ahora
que va a ser mi ceremonia de despedida debo dejar que decidan por mí, pero gracias a los
dioses esta será la última vez, cuando me vean mis amigos quedarán sorprendidos de verme,
porque además de todo, el maldito vestido es de color rosa el cual siempre he odiado. Me
lleva la chingada, una puta lágrima ha escapado de mi ojo izquierdo, el maquillista ha dado
un leve respingo, pero se ha limitado a limpiarla con cuidado y terminar de arreglarme.

Es tiempo ir al salón y situarme en el lugar de honor para que los invitados puedan salir con
sus falsedades, diciendo cuánto me van a extrañar y la gran persona que fui, entre sus pinches
lágrimas de cocodrilo, puras hipocresías. Los únicos que van a poder reconfortarme son mis
amigos, los que estuvieron conmigo en todas esas locuras, fiestas y aquellos momentos en los
que mi familia me provocó aquellas crisis depresivas. Son los únicos a los que visitaría cada
vez que me necesiten, lo bueno es que la noche está por terminar y por fin me puedo largar
muy lejos de todos los que me lastimaron por tanto tiempo.

Samuel era dueño de una funeraria, se encargaba de preparar los cuerpos, vestirlos,
maquillarlos y llevarlos al velatorio, ese fin de semana debía preparar a una cliente joven.
Pero desde el momento en el que recibió el cuerpo, se sintió inquieto durante todo el proceso,
tenía la sensación de ser observado por momentos. Cuando le estaba poniendo el vestido que
la madre le había proporcionado sintió como si la temperatura hubiera comenzado a

descender, el ambiente se sintió algo pesado, pero continúo su labor sin inmutarse. Los
muertos siempre parecían manifestarse de alguna forma, así que ya estaba acostumbrado a
casi todo. Llegaba a hablar con los cuerpos, como si estos pudieran escucharlo “Parece que
no te agrada el vestido” dijo en voz alta mientras terminaba de acomodar meticulosamente la
vestimenta. Procedió a maquillarla, tenía unas horribles cicatrices en el rostro, se había
enterado que la chica se había suicidado chocando su auto a gran velocidad. Mientras la
estaba retocando se sorprendió al ver que una lágrima escurría de su ojo izquierdo, la limpió
con delicadeza, era la primera vez en el tiempo que llevaba trabajando en eso que un cadáver
lloraba. La llevó al velatorio y preparó todo para que sus seres queridos pudieran decirle
adiós a Irene.

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